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Relaciones comunitarias y géneroPeriodista especializada en cultura ambiental y convivencia sustentable, quien ha presidido Fundación Casa de la Paz por 26 años. Bastante se ha avanzado en la constatación que las relaciones comunitarias para una empresa no son asunto de filantropía sino de gestión de riesgos. Por ello, los grupos vecinos han ingresado para quedarse en el radar de las compañías, especialmente aquellas con impactos significativos en sus localidades y que aspiran a establecer relaciones de respeto mutuo, alianzas y compromisos de largo plazo. Frente a esto, las empresas han desarrollado políticas, guías metodológicas y estándares que permiten hacer seguimiento al buen comportamiento aspirado. Sin embargo, la dimensión de género a menudo es ignorada. Nadie duda que los programas de desarrollo liderados por mujeres normalmente involucran a una mayor base poblacional que cuando son dirigidos por hombres, que sus resultados son más perdurables y que la mayor parte de los beneficios se destinan al bienestar de la familia. Y es reconocido que el 90% de los ingresos de la mujer se destina al mejoramiento de la calidad de vida de la familia, incluyendo educación, salud y vivienda; no ocurre lo mismo entre los hombres, que tienden a invertir en una camioneta para mejorar su autoestima o para competir con el vecino. Por todo esto, no es de extrañar que el empoderamiento de las mujeres sea considerado hoy una “ruta crítica” para el logro de las Metas del Milenio. Por esto, es importante introducir la mirada de género, no sólo para evitar que se vulneren los derechos humanos de las mujeres, sino también para distinguir la diferencia de los impactos en ellas e impedir la discriminación, especialmente en el acceso a los beneficios de una relación con la empresa. Para lograrlo, es preciso asumir que en la mayoría de las comunidades existe una relación poco equitativa entre los géneros, por lo que una intervención social que no intencione el foco en la mujer, inevitable e inintencionadamente terminará profundizando esta relación. “Las mujeres de menores recursos, educación y capital social están en desventaja. La calidad de los empleos a los que pueden aspirar suele ser precaria y más incierta en términos de continuidad, tienen mayores demandas de cuidado provenientes de un mayor número de hijos, los salarios a los que pueden aspirar son bajos, enfrentan normas culturales más adversas a la inserción laboral, y cuentan con menos cooperación en las tareas del hogar por parte de sus parejas”, señala el “Informe Desarrollo Humano en Chile. Género: los desafíos de la igualdad”, PNUD 2010. La opción de abordar la equidad requiere primero gestionar la inequidad preexistente y preguntarse si las actuales actividades de Responsabilidad Social, al ignorar la dimensión de género, no estarán empeorando una situación que ya se considera insostenible y contraproducente para el desarrollo. Ello implica no sólo adherir a estándares internacionales -como el Pacto Mundial-, sino desarrollar las propias declaraciones de política y códigos de conducta, asegurándose que estos sean conocidos, cumplidos y fiscalizados tanto en la propia empresa como en sus contratistas. Para resolver este tema, es preciso ser creativos. Alguien debidamente capacitado y empoderado tiene que liderar el tema al interior de las compañías para romper la inercia. También es necesario generar instancias en que las mujeres puedan plantear sin restricciones sus preocupaciones en el lugar y a la hora adecuada, en el lenguaje apropiado y sin interferencia de personas que resulten intimidantes, facilitando el transporte de punto a punto, proveyendo servicio de guardería para niños, contemplando entrevistas cara a cara, entre otras medidas. |
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