Mario Waissbluth es Coordinador Nacional de Educación 2020 y nos da su perspectiva de la educación en el contexto de la actualidad nacional.
Cuando ocurrió el terremoto, parados en la vereda de la educación, uno de nuestros más grandes miedos fue que la reconstrucción se basara sólo en levantar las escuelas que estaban en el suelo. “La tentación del ladrillo”, le llamamos a ese impulso por cortar cintas que temíamos que moviera a las autoridades y a quienes donaban recursos para la reconstrucción, y que probablemente acapararía la discusión sobre educación.
Porque si bien fue lo primordial en un inicio -y para lo cual nos pusimos a disposición del Ministerio de Educación- el escenario era ideal para seguir dejando en el zapato una de las piedras que más le duelen a nuestra sociedad: la calidad y la equidad de la educación.
Fue por eso que nunca dejamos de proponer que la reconstrucción se llevara a cabo dentro de un plan de mejora real de la calidad, que aprovecháramos la coyuntura para comenzar, de una vez, a construir bien: revisar, por ejemplo, la pertinencia de volver a construir escuelas unidocentes cercanas geográficamente, revisar la sobreinversión en infraestructura efectuada en ciertas zonas y así inyectar recursos donde realmente se necesita.
Vimos cómo niños tenían clases dentro de una micro o un container. Pero lo que realmente hará la diferencia en la vida de un niño es lo que ocurra dentro del container: si tiene un profesor de excelencia que sea capaz de que ese niño crea en sí mismo, si el director de la escuela tiene el liderazgo suficiente para involucrar a padres y profesores en el proceso pedagógico. No será el container el culpable de que ese niño no entienda lo que lea al salir de octavo básico, porque ni antes ni después del terremoto lo será.
La inversión que hoy necesitamos en educación es esta “inversión blanda”, aquella que de verdad abra puertas y oportunidades a nuestros niños. Lamentablemente es la menos visible y más lenta de mostrar resultados, pero es la única capaz de detener el verdadero terremoto de la educación que viene ocurriendo desde muchísimo antes del 27 de febrero.
Sin embargo, a tres meses del terremoto, el panorama es alentador: la gente reconoce la calidad de la educación como un problema central. Nos alegra, por ejemplo, que el Presidente, en el discurso del 21 de mayo, haya hablado de la calidad de la educación como “el verdadero y mayor escándalo de la sociedad chilena”. Nos alegra que los anuncios no fueran más computadores y más escuelas, sino más incentivos para que los buenos alumnos estudien Pedagogía, mejores remuneraciones para los buenos profesores, una prueba obligatoria y pública para los egresados de Pedagogía o un proyecto de Carrera Docente.
Queda todo por hacer, es cierto, pero vamos por el camino correcto: hoy tenemos 65.800 chilenos que adhieren a nuestra causa -10.000 profesores entre ellos- y hay voluntad afuera para llevar a cabo los cambios que la educación necesita. Ahora nos queda seguir vigilando y presionando porque no aceche la seductora y nociva “tentación del ladrillo”.
VIA/ PROHUMANA
Agregar un comentario