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La brecha más profunda

Fuente : Revista América economía

La buena noticia: crecen los subsidios condicionados frente al asistencialismo tradicional.

 
Con más o menos éxito, los llamados “programas de transferencias monetarias condicionadas” se están reproduciendo. Los mejicanos tienen el programa Oportunidades, en el cual se otorgan subsidios en dinero a madres de familias pobres con niños menores de 18 años, a cambio de que ellas se comprometan a que sus hijos vayan a la escuela y a visitar centros de salud con regularidad. Los brasileños Bolsa Familia y Programa para la Erradicación del Trabajo Infantil (Peti); Familias en Acción en Colombia; Chile Solidario; Red de Protección Social (RPS) en Nicaragua y el hondureño Programa de Asignación Familiar (PAF) son ejemplos de que el ciclo intergeneracional de la pobreza no se rompe con bolsones de alimentos, ni con otras prácticas clientelares y no inclusivas que llevaron a América Latina a ostentar el lamentable récord de ser la región más desigual del planeta.

 

En este contexto los programas de transferencias condicionadas, son un salvavidas. Su aplicación no es nueva, mas los ajustes implementados en varios de ellos durante los últimos años muestran que es posible hacer más eficiente la gestión social.
Oportunidades, está un paso adelante del resto. ¿La razón? A diferencia de otros, el mexicano no da montos de subsidios fijos, sino que los ajusta por el costo de oportunidad. Es decir, la transferencia se fija de acuerdo al ingreso que el niño habría aportado a su familia si hubiera estado trabajando.

 

 

Ese mecanismo marca una diferencia clave con Bolsa Familia, de Brasil, que no determina los montos de los subsidios por la cantidad, edad y género de los niños de las familias beneficiarias. Ese déficit, según un estudio de CEPAL, atenta contra su eficiencia, pues una transferencia invariable reduce el incentivo de enviar a un adolescente a la escuela.

 

Pero ¿son estos programas la panacea? Para Ernesto Cohen, especialista en políticas sociales de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, ellos deben atender a dos ejes. El primero, si el subsidio finalmente compensa el costo de oportunidad que generarían los niños trabajando. El segundo riesgo es que los maestros olviden su obligación primaria (enseñar) y se sientan presionados a aprobar a un alumno para que no le sea retirado el subsidio a la familia. Ésas son las luces amarillas encendidas. Pero los cambios son auspiciosos. Y urgen. El 60% de los niños latinoamericanos que vive bajo la línea de la pobreza quiere un futuro posible.