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Columna: Los nuevos desafíos de la industria inmobiliariaLos invitamos a leer esta columna escrita por Juan Pablo Martínez, Gerente de Asuntos Corporativos, y Nicolás Jobet, Gerente de Research, ambos de Empresas Socovesa, adherentes a PROhumana RED. En la columna se intenta responder a la siguiente pregunta: ¿Cómo desarrollamos ciudades en armonía con la sociedad civil y el resto de los stakeholders relevantes del negocio inmobiliario? Un nuevo escenario Todo indica que el contexto en el que se desarrollan los negocios en Chile cambió significativamente los últimos años. El modelo económico de libre mercado, tal como se concibió hace ya tres décadas, hoy se percibe como demasiado racional, estresante y por qué no decirlo, bastante injusto. Los nuevos tiempos le han ido entregando creciente protagonismo a un consumidor mucho más reflexivo, conocedor de sus derechos y que reclama activamente por toda acción que le parezca alejada de la buena fe. En este escenario, los equilibrios al interior de las empresas han tendido a rebalancearse: la racionalidad económica químicamente pura, enfocada exclusivamente en la última línea, va de salida. Las finanzas y los resultados comerciales ya no son los únicos temas relevantes en las agendas de los directorios. Lo interesante de todo esto es que el cambio de contexto le exige a las empresas que hagan lo que mejor saben hacer: renovarse. Las compañías que pretendan alcanzar un desarrollo sostenible en el tiempo deberán aprender a vincularse armónicamente con este nuevo entorno. Tal como lo demostró Dominic Barton -el ejecutivo N°1 de McKinsey a nivel global-, en el mundo desarrollado hace tiempo ya que las empresas que adoptan una ética colaborativa, que se preocupan de sus stakeholders tanto o más que de sus propios shareholders son, a fin de cuentas, más rentables. En otras palabras, quienes buscan crear el mayor valor para el sistema en su conjunto –y no sólo para sí mismos- ya no lo hacen desde la filantropía; lo hacen porque, en el largo plazo, genera más retorno para sus compañías. Así las cosas, temas que antes eran cercanos al altruismo ahora debieran entenderse como diferenciales estratégicos e imperativos competitivos. Inmobiliarias: ¿Desarrolladores o destructores de ciudad? La industria inmobiliaria obviamente no está ajena a estos cambios. Los problemas y controversias que han experimentado diversos sectores económicos –minería, energía, forestal, telecomunicaciones, retail, y universidades, por nombrar sólo algunos- también comienzan a afectar el desarrollo del negocio inmobiliario. El escenario que se abrió producto de las últimas elecciones municipales es el ejemplo más concreto de este nuevo entorno de negocios. En palabras de Josefa Errázuriz, la nueva alcaldesa de Providencia y figura simbólica de los nuevos aires ciudadanos: “No somos tan conservadoras ni talibanas para decir que aquí no habrá más construcción, pero ojo, habrá construcción en armonía con el barrio (…) Las inmobiliarias deben asustarse, no porque no dejemos construir, sí porque protegeremos las calidad de vida de nuestros barrios”. Duele decirlo pero muy probablemente los inmobiliarios somos percibidos más como destructores que como desarrolladores de la ciudad. Y aunque las generalizaciones siempre son injustas, razones para fundar esa opinión hay por montones: casas isla, desarrollos que buscan maximizar la constructibilidad sin considerar el entorno y el espacio público donde se insertan, destrucción de barrios patrimoniales, problemas en las comunidades de los proyectos y construcciones derechamente reñidas con la estética, son algunos ejemplos que no hacen más que alimentar el malestar de la sociedad civil hacia las inmobiliarias. Y es que las pulsiones de esta nueva sociedad parecen apuntar a un “hacer ciudad” donde los privados realmente sean un aporte en el desarrollo urbano. Cada vez habrá menos espacio –menos mal- para malas prácticas. Nuestra sociedad, que en los últimos años modernizó significativamente su escala de valores, ya no acepta el desarrollo a cualquier precio. Lo que antes se entendía como las externalidades negativas inherentes al desarrollo, hoy se sienten como un atentado inaceptable para la convivencia de los ciudadanos. Transparencia, legitimidad y participación Esta es una discusión nueva y en desarrollo, por lo tanto, es difícil tener claridad absoluta con respecto a cuál debiera ser la estrategia indicada para hacerse cargo del tema. Lo que sí está claro es que llegó para quedarse. El tema se instaló en las elites políticas y económicas, pero también en los ciudadanos. No nos sorprendamos si durante la contienda presidencial del año que viene, el tema de la ciudad y su desarrollo sostenible es uno de los ejes principales de la discusión pública. Entonces, para adelantarnos a la discusión que vendrá, nos permitiremos esbozar algunas claves preliminares al respecto, que surgen tanto de la teoría como de la reflexión y el análisis de nuestra propia experiencia. Lo primero: debemos hacer más y mejores esfuerzos por trasparentar nuestro quehacer de cara a todos los actores o stakeholders relevantes de la industria. Nuestras compañías no tienen –ni deben tener- nada que esconder. En segundo término, debemos entender que el marco legal representa un piso insuficiente. Las demandas por calidad de vida que tiene la ciudadanía trascienden con creces el mínimo que define la norma. Cumplir sólo lo que exige la normativa no será suficiente de cara a la ciudadanía; debemos aprender a transitar de la legalidad a la legitimidad. En tercer lugar, la ciudadanía quiere participar en el diseño de su ciudad y no que se le imponga desde la autoridad pública o el sector privado. Tenemos que buscar mecanismos que permitan canalizar la participación ciudadana de manera equilibrada. La politización del tema urbano es un signo de la evolución del país y de la industria. Mal que mal, política viene de polis, que no es otra cosa que ciudad. Pero como sociedad debemos administrar sabiamente esta legítima tensión entre intereses diversos y en ocasiones contrapuestos. Si estas controversias propias del desarrollo urbano se resuelven por el lado del inmovilismo, no haremos más que acentuar la desigualdad y el malestar ciudadano. No podemos volver a cometer errores del pasado, que condenaron a miles de santiaguinos a vivir en una periferia sin infraestructura urbana ni acceso a las oportunidades que entrega la ciudad. Debemos entender que la infraestructura de la ciudad y las oportunidades que genera son un bien público y no un privilegio de algunos. Las ciudades son fuente de innovación, caldo de cultivo para las buenas ideas y fundamentales para la competitividad de un país. Ya es hora de asumir este desafío. |
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