Columna de Ximena Abogabir, presidenta de Fundación Cada de la Paz.
De acuerdo con una encuesta que anualmente realiza la Asashi Glass Foundation de Japón, que mide la evolución de 14 parámetros de mejoramiento ambiental en los cinco continentes, quienes estamos impulsando el cambio cultural requerimos cuestionarnos la efectividad de nuestro trabajo.
Incluyendo el saneamiento de las aguas, el tratamiento de los residuos y la eficiencia energética, el estudio refleja que lo que más avanza en todo el planeta es la educación ambiental. Sin embargo, paradójicamente, el parámetro que menos evoluciona es el cambio en los estilos de vida de las personas.
En otras palabras, a pesar de que las personas ya cuentan con la información sobre el deterioro ambiental, no lo relacionan con sus opciones personales o, lo que es peor, no están dispuestos a tomarse la molestia de minimizar y separar sus residuos, hacer un uso eficiente del agua y la energía, trasladarse en forma sustentable y proteger los recursos naturales.
Por ello, corresponde que quienes venimos trabajando en educación ambiental nos preguntemos sobre qué deberíamos estar haciendo diferente de modo de alinear las conductas de las personas con las necesidades de la sustentabilidad. Mal que mal, sabemos que podemos tener el mejor gobierno del mundo y una legión de fiscalizadores para hacer cumplir la normativa, pero igual ello no será suficiente si los ciudadanos no optan por hacer lo correcto aunque nadie esté mirando.
Una de las posibles razones de nuestro actual fracaso es que el progreso aparece siempre referido con suspicacia en la literatura ecologista, lo cual no concuerda con la apreciación de las mayorías de estar mejor que antes y que sus hijos tendrán mayor calidad de vida que sus padres. Por otra parte, en la educación formal es posible constatar una visión parcial, sin la indispensable mirada integradora de los fenómenos naturales, los cuales son analizados como algo que ocurre “allá afuera”, como si la especie humana no fuera parte de los procesos naturales. A modo de ejemplo, un alumno puede no percibir la diferencia entre la fotosíntesis y las guerras napoleónicas,
Adicionalmente, el conflicto entre lo social, lo ambiental y lo económico -inherente a la noción del desarrollo sustentable- no es abordado desde la indispensable búsqueda de un acuerdo equilibrado, sino más bien como una confrontación en que los partidarios de la ecología deben resultar triunfadores sobre los impulsores de lo social o lo económico. Para agravar la situación, se muestra a todos los empresarios como malos, a los medios de comunicación como siempre comprados y a los gobernantes inevitablemente corruptos, lo que finalmente hace desacredita el debate. Entendiendo que en la sociedad existen diferentes roles, lo relevante es sincerar la agenda de los distintos intereses y exponer con transparencia las diferentes implicancias que tiene una decisión de modo que el tomador de la decisión las pueda considerar y la comunidad la logre comprender y, en consecuencia, apoyar
Para avanzar
La especie humana requiere superar su narcisismo infantil. Igual que el niño pequeño que llora de noche porque está molesto, sin pensar en el cansancio de sus padres, las comunidades se resisten a aceptar emprendimientos requeridos por el Bien Común, tales como las plantas de tratamiento de aguas servidas o los rellenos sanitarios. Estos deben ser acogidos por algunos en beneficio de las mayorías, en la medida que exista una justicia territorial y que los “costos del progreso” sean repartidos en forma equitativa.
Las redes de información y coaliciones, tan eficientes para oponerse a proyectos, también deben generar redes de responsabilidad y servicio, que busquen el bienestar de la sociedad global. Es decir, es preciso dejar de enfatizar lo que el otro tiene que cambiar, para entender y llevar a la práctica lo que cada uno debe modificar.
Necesitamos apurar el paso y contagiar con una propuesta que entusiasme a las mayorías con responsabilidad social, ambiental y económica. Mal que mal, la sustentabilidad, el nuevo nombre de la paz, es el resultado de una negociación altruista.
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5 Responses to Cambio cultural, un nuevo desafío de la sustentabilidad