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La RSE, los delfines y las convicciones
En 1991 se dio la siguiente situación, que aún es estudiada como un hito en materia medioambiental. México y otros países presentaron en la OMC un reclamo en contra de Estados Unidos por su “Ley de protección de mamíferos marítimos”. Lo que originó el problema es que en ese entonces, y también hoy, es común que por debajo de los grupos de delfines que nadan en el Pacífico hallan bancos de atún de aleta amarilla. Al pescar el atún, muchos de los delfines mueren en el proceso, y es por eso que la antedicha ley norteamericana prohibió la importación de atún que, en su proceso de pesca, implicaba la muerte de delfines. En la práctica, alegaba México, se establecía una prohibición a las importaciones de atún provenientes del país azteca, por razones medioambientales, sin que se pudiera probar que los delfines eran una especie en peligro de extinción. Finalmente, el Comité que había sido designado para la solución del caso, encontró la razón a México, porque el único argumento para prohibir la venta del atún fue no causar la muerte de simpáticos delfines, cuya especie no estaba amenazada. Lo más interesante del tema se dio con posterioridad: se autorizó a las empresas estadounidenses para poner en su tarros de atún la leyenda “Dolphin-save”, aludiendo al hecho de que en la pesca de ese atún no habían muerto delfines. Y muchos de los consumidores prefirieron ese producto por sobre el Mexicano, aún siendo más caro, porque querían defender lo que estimaban correcto. Hoy día está muy de moda el tema medioambiental, una de las derivaciones de la Responsabilidad Social Empresarial. Es común ver rankings en los que se muestra cuáles son las empresas con un mayor desarrollo de la RSE, y premios destinados a los que cumplen con las exigencias de lo que se considera como socialmente responsable. El mundo ha evolucionado, de modo que ya no es irrelevante cómo se genera un producto, incluyendo los niveles de contaminación, y otros tantos factores involucrados en el proceso de producción. Hoy día las empresas lo saben, y los consumidores lo saben. Hoy se entiende que lo “más verde” es lo más rentable. Se publicita la idea de que el respeto por la RSE hace a la empresa más eficiente, y se demuestra en muchos estudios que es cierto. ¿Pero qué pasaría si es que la opción de producción que más protege al medio ambiente finalmente no es la más rentable, o bien no es la que mejor asegura el desarrollo? ¿Estaríamos dispuestos -como los consumidores norteamericanos- a comprar el atún más caro, porque queremos proteger a los delfines?. Al margen del ejemplo -usted, como yo, puede encontrarle la razón a México-, es importante descubrir los fundamentos en los que basamos el fomento de la RSE. No está mal entender que la protección del medioambiente es finalmente rentable, pero debemos ponernos en el caso que no lo fuera. ¿Estaríamos dispuestos a correr con los costos para defender una convicción?. Este ejercicio mental es particularmente importante cuando lo que está en juego es más importante que los delfines. Hoy prácticamente todas las empresas están preocupadas por la RSE, pero no se puede dejar de revisar los fundamentos de ella. De otro modo, no sólo hipotecaríamos la rentabilidad de la empresa a futuro, sino que eventualmente el alma de la misma. En el fondo, fomentar la RSE no sólo porque es rentable –que ya es una muy buena y legítima razón- sino que también porque es lo correcto. Twitter: @fhubner LEA OTROS COLUMNAS SUSTENTABLES: Eco-Negocios: Una oportunidad para la Creación de Empleo |
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