Aquí tienen un original ejemplo de reciclaje no tradicional:
Los días de las cabinas telefónicas de la ciudad de Nueva York podrían estar contados. Debido a la proliferación de los teléfonos celulares, el vandalismo y la falta de mantenimiento, tal vez sea hora de replantearse su uso.
La propuesta del arquitecto local John Locke consiste en convertirlas en bibliotecas comunales o en centros de libros con coloridas y atractivas estanterías.
Igual que con los prototipos similares de Los Angeles y Gran Bretaña, la versión neoyorquina fue creada como parte del proyecto de Locke denominado “Departamento de Mejoramiento Urbano ” (DMU).
Locke descubrió que las 13.569 cabinas telefónicas de Nueva York competían con 17 millones de teléfonos celulares y se planteó la pregunta de si se trataba de un “un anacronismo o de una oportunidad”. Así lo describe el propio Locke:
“A pesar de que quedaron obsoletos por culpa del avance de los teléfonos celulares, todavía me interesan los teléfonos públicos porque resultan tanto anacrónicos como cotidianos. En realidad se trata de reliquias prácticamente muertas y al límite de la obsolescencia. Objetos que apuntan hacia un espacio público antes compartido que podría dejar de tener uso práctico. Objetos por los cuales sentimos nostalgia. Por ejemplo, cuando pienso en una cabina telefónica no puedo dejar de recordar a una mujer anciana e impaciente, golpeando los vidrios de la cabina mientras yo me encontraba en su interior usando una tarjeta de cobro revertido. También son, por supuesto, una especie de barrera para los peatones que sólo se encuentran en determinados vecindarios (es casi imposible encontrar un teléfono público en Tribeca, mientras que hay ocho cabinas diferentes en la cuadra que separa las calles 108 y 109 de la avenida Columbus). Pero también pueden representar una oportunidad. Algo para reprogramar. Un lugar en donde reunirnos a compartir un buen libro con nuestros vecinos”.
Ubicaciones diferentes, resultados diferentes
Utilizando libros donados, Locke construyó una primera versión en uno de los vecindarios del centro de la ciudad. Los libros desaparecieron en seis horas y robaron las estanterías en poco más de una semana. El segundo prototipo que pueden apreciar en la fotografía de arriba, localizado en un vecindario a ocho cuadras de distancia del anterior, corrió mejor suerte gracias al cambio de ubicación y a la incorporación de un sistema de organización del material y del logotipo oficial de DMU.
“Sin ningún aviso explícito indicando que se trata de una biblioteca callejera, es un experimento interesante…”, declara Locke en su sitio Web. “…Observar la manera en la que la gente interactúa, interpreta y utiliza la biblioteca”.
¿Logrará este proyecto fascinante revivir las cabinas telefónicas de la ciudad de Nueva York? Esperemos que sí. Visita el sitio web de John Locke para conocer todos los detalles.
VÍA/TREEHUGGER