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Lo que está en juego

Por Jorge Navarrete, Director de PROhumana

Un escenario económico complejo parece ser la causa para sincerar que no podrá cumplirse con todo el programa de gobierno. Aunque se trata de un argumento robusto, me parece poco honesto el atribuir sólo a esta razón el innegable hecho de que se defraudarán muchas de las expectativas que alimentó esta administración.

El Estado no estaba preparado para un cambio de esta naturaleza, afirmó la Presidenta; aunque nada se dijo respecto de los propios errores y excesos en que incurrió este gobierno, lo que ahora innegablemente nos está pasando la cuenta. Parafraseando a un vieja polémica sobre otra política pública, esta vez sí hubo fallas, tanto en diseño como en implementación.

Recordarlo, más que una mezquindad o majadería, me parece un imperativo de todos aquellos que abrazan la causa progresista. A ratos pareciera que lo único que está en juego es la reputación de este gobierno y sus principales protagonistas. Algunos, incluso, ya tienen puestos los ojos en la próxima contienda electoral, como si una sucesión exitosa borrara todo lo que aquí ha ocurrido. El afán crítico que muchos tenemos con esta administración, que con tanta molestia se nos enrostra a veces, tiene su origen en algo mucho más profundo y que se vincula al daño que se le pudo haber infringido a una causa que costó mucho sacrificio asentar.

En efecto, el fracaso en la instalación de las reformas que ha impulsado este gobierno o la decepción por las que ni siguiera se van a iniciar, indudablemente conllevará también un cuestionamiento a los principios que las informaban, poniendo en duda un diagnóstico sobre la realidad chilena que tomó mucho tiempo consensuar, y más todavía, diluyendo para el futuro la urgente necesidad de llevar adelante varias transformaciones que contribuyan a una sociedad más libertaria, menos desigual y que corrija un sinnúmero de síntomas que reflejan a una sociedad enferma en varias dimensiones.

No se trataba de una cuestión de velocidad o profundidad; tampoco de ganar un concurso de popularidad, ni menos de persistentemente querer complacer a ciertos sectores donde parecíamos rendir examen de nuestra vocación progresista, o de siempre denostar y ningunear a los adversarios. Por el contrario, se trataba de más pericia política, de sabiduría en el ejercicio del poder, de entender que la responsabilidad con la causa que nos convoca estaba por encina de los pequeños gustitos y caprichos, que voluntad y voluntarismo son cosas diferentes, como también lo son persistencia y porfía.

Si a este gobierno le va mal, las consecuencias no sólo serán para los que circunstancialmente ejercieron el poder o para los que sustentamos políticamente a esta administración. Si así sólo fuera, no habría razones para escribir esta columna. Mi mayor desvelo y preocupación es que como inevitablemente suele ocurrir en política, se confundirá el mensaje con el mensajero, lo que será un retroceso para una bella causa, la que aún espero siga inscrita en el corazón de la mayoría de los chilenos.

VIA/LATERCERA