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Experimentos con la huella de carbono en un supermercado

Mucho se habla de la huella de carbono, pero ¿le importa realmente a los consumidores? En Australia se atrevieron a testearlo e hicieron la prueba en un supermercado. Conoce cómo les fue en esta nota:

Cada vez son más los países en los que se pueden encontrar en los supermercados productos que llevan una etiqueta con las emisiones de CO2 generadas a lo largo de su ciclo de vida. Sin embargo, son muy pocos los estudios que han analizado la respuesta de los consumidores. Para analizar el efecto de este indicador conocido como huella de carbono, investigadores australianos llevaron a cabo un experimento de tres meses en un supermercado de East Ballina, en Nueva Gales del Sur.

¿Qué efecto tienen sobre el comprador estas nuevas etiquetas con la huella de carbono del producto? Para responder a esta pregunta, investigadores de la Universidad Southern Cross utilizaron como laboratorio un supermercado FoodWorks, ubicado en un pequeño centro comercial de East Ballina, abierto siete días a la semana. Allí, etiquetaron 37 productos de uso muy común, con tres colores diferentes en función de su huella de carbono con respecto a la media: verde (con menos CO2 que la media), amarillo (con tanto CO2 como la media) o negro (con más CO2 que la media).

“Es cierto que hay demasiadas etiquetas y esto es un problema, los consumidores se encuentran ya con demasiada información en las tiendas”, cuenta por medio del correo electrónico Jerry Vanclay, el investigador responsable de este estudio publicado en Journal of Consumer Policy. “Es por esto que usamos etiquetas simples con sólo tres colores y nos centramos en productos con grandes ventas en las que se pudieran constatar realmente diferencias”, detalla el australiano, que considera que sus conclusiones son extrapolables a un supermercado europeo.

Los 37 productos etiquetados con su huella de carbono pertenecían todos a cinco grandes categorías: leche, mantequilla, tomate en lata, agua embotellada y comida para mascotas no perecedera. En cada uno de estos grupos, los clientes podían encontrar en las estanterías de la tienda artículos con una etiqueta verde y otros similares con el color amarillo o negro.

Fueron 2.890 los productos seleccionados que pasaron por caja en ese tiempo y los investigadores sí que constataron un cambio después de colocar las etiquetas con la huella de carbono: las ventas de los artículos señalados con el color negro habían descendido un 6%, mientras que las de los marcados con el verde subieron un 4%.

Esta diferencia tampoco es enorme. Ahora bien, el estudio australiano encontró un cambio aún más significativo: los productos que además de llevar el color verde eran también los más baratos aumentaron sus ventas un 20% después de ser etiquetados. El precio no había cambiado, pero sí la percepción del cliente.

A este respecto, resulta llamativo el caso de uno de los productos vendidos en el supermercado australiano: el agua. Como explica Vanclay, “uno de los artículos de nuestro estudio era el agua embotellada, pero en la tienda había otra opción: se podía comprar agua a granel de un dispensador”. El producto de este dispensador era a la vez más barato y tenía una huella de carbono mucho menor, pues algunas de las botellas eran traídas en camiones de otros puntos del país o incluso de lugares más lejanos como Indonesia, Nueva Zelanda o islas Fiyi. Paradójicamente, la mayoría de los clientes pagaban más por llevarse el agua embotellada. “La gente está en este caso mucho más influida por la publicidad o la imagen que por el precio”, destaca el profesor australiano, que insiste en que “lo más verde no es siempre lo más caro”.

Cuando el producto más barato era a la vez señalado como la mejor opción para el medio ambiente, esto se traducía en un aumento significativo de las ventas. Sin embargo, cuando el precio era más alto, el colocar una etiqueta de color verde tenía un efecto muy limitado. Así pues, según los investigadores, la respuesta más fuerte del consumidor se conseguiría combinando la señal del precio y de la huella de carbono.

Por otro lado, el estudio también constató como había algunos productos en los que resultaba muy difícil cambiar los hábitos del consumidor. Esto ocurría, por ejemplo, con la leche. El color de la etiqueta no servía para convencer al cliente de que metiese en su bolsa de la compra un formato distinto al habitual.

“Es difícil generalizar sobre si al consumidor está preocupado realmente por la cuestión ambiental, algunos lo están más y otros menos”, comenta Vanclay. “Yo creo que hay mucha gente que está demasiado ocupada y que no se fija en esto, pero si esta información se muestra de una forma clara, la mayoría de la gente quiere lo mejor para el medio ambiente”.

Esta información la vimos en Ecolaboratorio, blog de Clemente Álvarez.