Helio Mattar
Director presidente, Instituto Akatu por el Consumo Consciente
Para sobrevivir, las personas obligatoriamente deben consumir. El consumo es una condición inexorable de la vida. No se puede elegir entre consumir o no, pero hay muchas elecciones posibles en lo que se refiere a la calidad e intensidad de ese consumo. Aunque todos nuestros actos de consumo impactan sobre el medio ambiente, la economía, la sociedad y sobre nosotros mismos, es posible hacer elecciones de consumo – en lo que se refiere a la calidad e intensidad – que generen mayores impactos positivos y menores impactos negativos.
Toda y cualquier actividad de consumo humano siempre requiere energía, agua y materias primas, que en última instancia siempre se refieren al consumo de recursos naturales. Además, el consumo inserta en el ambiente desechos sólidos, líquidos o gaseosos. Con el ritmo actual de explotación del planeta, la humanidad sigue hacia un callejón sin salida. Actualmente, los más de 6,5 mil millones de habitantes de la Tierra ya consumen el 35% más de recursos de lo que puede renovar el planeta. De esa manera, en menos de 50 años se necesitarán dos planetas Tierra para cubrir nuestras necesidades de agua, energía y alimentos. Sin embargo, sólo el 25% de los habitantes del planeta consumen más de lo que necesitan, mientras que los demás 75% consumen lo mínimo necesario para vivir o incluso menos. Si todos los habitantes del planeta consumieran lo mismo que los habitantes más ricos, serían necesarios cuatro planetas Tierra para suplir todo ese consumo.
El consumidor consciente juega un rol fundamental para equilibrar el consumo con las posibilidades ambientales. Por un lado, elige comprar productos y servicios de empresas que cumplen con sus responsabilidades sociales y ambientales. Por otro lado, como usuario individual, planifica sus compras, ahorra agua y energía, revisa sus hábitos y reduce su consumo, reutilizando los productos hasta el final de su vida útil y reciclando la basura.
La tendencia de los consumidores es pensar que su acción individual de cambio en el comportamiento de consumo no producirá ningún impacto, pero eso no es verdad. La expectativa de vida aumenta en todo el mundo. En Brasil, la expectativa de vida se incrementó de 49 a 73 años en los últimos 60 años. Las personas no sólo viven más, sino que también consumen mucho más de lo que consumían antes. Basta con mencionar que entre los años 1960 y 2000 se duplicó la población del mundo y se cuadruplicó el consumo de productos y servicios domésticos. Así que el consumo por persona se duplicó en tan sólo 40 años.
Para demostrar el impacto que produce el consumo de una sola persona, es interesante ver lo que sucede con el consumo de agua. En 2006 el consumo de agua en las regiones urbanas de Chile era de 195 litros al día por persona. Teniendo en cuenta que la expectativa de vida de un chileno es de 77 años, si una persona redujera su consumo de los actuales 195 litros a 110 litros al día, que es el volumen recomendado por la Organización Mundial de Salud, a lo largo de toda su vida se ahorraría 2,4 millones de litros de agua, lo equivalente a una piscina olímpica llena de agua. Y aquí nos referimos a una sola persona. Si los 16 millones de habitantes de Chile hicieran la misma reducción en su consumo diario de agua, se ahorrarían 38 mil billones de litros de agua durante la vida de esa población, lo equivalente al agua que cae por las Cataratas de Iguazú durante 160 días, es decir, un poco más de 5 meses.
Así, el impacto de un solo individuo es bastante significativo y, al multiplicarlo por el colectivo de la población de un país, será extraordinariamente relevante. Esto es válido para cualquier producto o servicio comprado o utilizado a lo largo de la vida de una persona o de una población.
El gran cambio ocurre cuando cada consumidor se sensibiliza y, por medio de sus actos de consumo, ejerce su poder transformador de la realidad social o ambiental y comienza a sensibilizar y movilizar a los demás consumidores para que tengan esa misma percepción. En ese proceso, colectivamente, los actos de consumo se deben utilizan para alterar la realidad social o ambiental, por medio de sus elecciones a la hora de comprar, utilizar o desechar productos o servicios.
Más aún si los consumidores comienzan colectivamente a interesarse por conocer el origen de las materias primas y las características de los procesos de producción de las mercancías que consumen, ya sea en lo que se refiere al impacto sobre los empleados, comunidades o medio ambiente relacionados con la empresa productora. Con ese conocimiento, el colectivo de consumidores podrá hacer elecciones conscientes de los productos y de las empresas de las cuales los comprará, tratando de maximizar el impacto positivo de su consumo y minimizar el negativo.
A lo largo del tiempo, ese proceso conduce a una redefinición del estilo de vida de la población, para que las personas dejen de vivir para consumir y comiencen a consumir para vivir, y el consumo deja de ser un fin en sí mismo y se convierte en un instrumento de búsqueda de bienestar.