Toda actividad humana está marcada por la comunicación. De hecho, ya desde la antigüedad se entendió que el lenguaje –el núcleo de la comunicación en nuestra especie— es lo más característico de la humanidad. Dicho esto, la experiencia de la incomunicación es universal. Ello redunda en conflicto. En discordia. En energías malgastadas. De ahí la importancia crucial de una comunicación efectiva.
Cuando se trata del entorno laboral, los problemas de comunicación se agravan porque no existe una simetría entre empleadores y trabajadores. Si bien ambos se necesitan mutuamente, en los hechos hay un grupo que depende más del otro. Un empleador puede pasar un mal rato si pierde a un trabajador eficiente y productivo. Puede que deba gastar tiempo y energía buscando un reemplazo. Pero para el que depende de su trabajo para subsistir, el conflicto con un empleador lleva aparejada la inseguridad de encontrar rápido un buen trabajo. Una inseguridad que se traduce en cuentas impagas, ansiedad ante la falta de lo más mínimo, etc.
De la falta de simetría entre trabajadores y empleadores que anotamos se sigue que el primer grupo sentirá inhibición a decir clara y contundentemente lo que piensa, sobretodo en una cultura –como la nuestra— poco dada al planteo frontal de las diferencias. De ahí que si los empleadores no se toman en serio la necesidad de ‘nivelar’ la situación, siendo pro-activos en incentivar un ambiente receptivo a la crítica, las quejas de los trabajadores no se expresarán a tiempo. En este contexto una mayor sindicalización parece el camino más apropiado. En un ambiente tan asimétrico como el laboral, incluso sociedades más directas y menos sumisas que la chilena –como las nórdicas— exhiben tasas de sindicalización muchísimo más altas que la nuestra, reconociendo que ese tipo de organizaciones contribuyen a la comunicación entre empleadores y trabajadores. Es tiempo que en Chile avancemos hacia ese norte.
Javier Couso
Profesor de Derecho Constitucional Universidad Diego Portales