Hoy les presentamos la opinión de Paola Berdichevsky, consultora argentina en RSE y Negocios Inclusivos. Esta columna fue publicada en el diario trasandino La Nación y tiene como eje central el comercio justo.
Hace unos años presencié una disertación de un alto ejecutivo de una empresa que exponía acerca de la Responsabilidad Social Empresaria (RSE) e invitaba a la diversidad de auditores a que prefirieran productos de las compañías que tenían un tipo de comportamiento responsable. “Si nos prefieren, podremos sustentar nuestras acciones y podemos hacer la diferencia”, decía con mucha convicción. Los asistentes escuchaban y asentían con la cabeza, con lo que mostraban su conformidad. Sin embargo, uno de ellos pidió la palabra y dijo: “Me encanta lo que dice, es muy razonable, pero mis ingresos son bajos y compro sólo lo que puedo comprar. Algunas veces no me alcanza para comer y realmente no puedo elegir”.
Esta conversación regresó a mi cabeza cuando la crisis financiera actual daba sus primeras señales. Inspirada en el slogan del Foro Social Mundial, me pregunté si otra economía era posible. Mirando a mi alrededor, leyendo titulares, estudiando cifras y datos, llegué a la conclusión de que no sólo era posible, sino que otra economía era inevitable.
La apertura comercial derivada de la globalización de los mercados ha incrementado las transacciones comerciales entre los diversos países. Sin embargo, los beneficios en la mayoría de los casos se concentran en unas cuantas empresas multinacionales que -según estimaciones de expertos- controlan el 70% o más de los mercados y obtienen grandes beneficios que no necesariamente se ven reflejados en el ingreso de los pequeños productores de materias primas.
Según el Banco Interamericano del Desarrollo (BID), una cifra cercana al 35% de la población de América latina y el Caribe vive con menos de 60 dólares mensuales, y plantea que uno de los grandes desafíos que enfrenta la región es la reducción de la pobreza y la desigualdad.
En este contexto, muchas voces se han alzado para plantear la necesidad de un nuevo modelo. ¿Y cómo sería esta nueva economía?¿Cómo serían sus prácticas? Sin duda, tendría que ser más incluyente y equitativa, considerar las capacidades y potencialidades de cada persona y promover una relación distinta con el entorno.
Una práctica factible
La buena noticia es que esto ya se está dando en la realidad, es factible y existe. Un ejemplo de eso es el comercio justo, una práctica que pretende aglutinar justicia, equidad e igualdad de oportunidades en sus relaciones comerciales.
El comercio justo es una alternativa al comercio convencional, que acerca al productor con el consumidor, y busca beneficiar a los productores con desventajas en los grandes circuitos del comercio tradicional. Su diferencial es que cada transacción debe cumplir al menos tres condiciones básicas: una relación directa entre productores y consumidores (evitando al máximo los intermediarios), practicar el precio justo y establecer contratos a largo plazo basados en el respeto mutuo. En este sentido, no se busca maximizar las utilidades actuales, sino privilegiar el bien común y que todas las partes queden satisfechas en el tiempo.
En mis años de trabajo en el área económico-social, he visto a muchos pequeños productores luchando por ser parte de los circuitos tradicionales de comercio. En la mayoría de los casos -por la necesidad de volumen de productos- terminan recurriendo a intermediarios, quienes se quedan con la mayor tajada (aclaro que he visto varias excepciones, los intermediarios éticos). Esto sólo profundiza las precarias condiciones de producción de estas personas, y por ello los consumidores de comercio justo intentan asegurarse de que su dinero llegue en mayor proporción a los productores.
En cuanto al precio justo, para llegar a determinarlo hay que tener en cuenta varios criterios. Por mencionar algunos, podemos señalar el incluir todos los costos de producción (también los ambientales y legales), una remuneración adecuada por la mano de obra que permita una calidad de vida digna y estímulos que favorezcan a los más débiles, entre otros.
En esta nueva economía los precios se fijan en función de la relación entre sujetos: entre el productor y el consumidor o vendedor y comprador. Estas relaciones están por sobre el mercado, pues se incluye un plus de solidaridad. Pero la diferencia de precios no es muy alta, para estimular muchas transacciones (el número de consumidores solidarios aún no es tan grande).
Sin duda, este modelo comercial presenta muchos aspectos positivos, pues logra que los productores de pequeña escala no se vean marginados de los mercados y sean reconocidos por su historia y experiencia. Su esfuerzo se premia al ser los importadores quienes compran el producto directamente bajo los criterios establecidos, lo que permite que quede más dinero a su favor en la transacción.
Los consumidores también se ven beneficiados, ya que estos productos se caracterizan por tener una mayor transparencia, pues deben incorporar los costos ambientales y sociales asociados con su producción. En definitiva, se trata de bienes elaborados con mayor respeto por el entorno y son obtenidos en mejores condiciones laborales para los trabajadores.
Si bien no existe información actualizada y exacta respecto del volumen de transacciones de esta nueva economía, las organizaciones que la impulsan hablan de millones de personas solidarias en diversas partes del mundo (en 2006, según la Asociación del Sello de Productos en España, el balance de ventas de productos de comercio justo en el mundo ascendió a 1600 millones de euros, cifra que representó un aumento del 42% respecto de 2005).
Aunque América latina tiene un nivel de desarrollo menor en el tema, ya muestra avances importantes: Ecuador, Uruguay, Bolivia y Brasil son un ejemplo de ello, pues ya incorporan en sus políticas públicas aspectos de la nueva economía. Ya hay redes de organizaciones trabajando articuladamente para impulsar el crecimiento de esta práctica en todos los países. Por ejemplo, se puede destacar el Espacio Mercosur Solidario, grupo compuesto por líderes de Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay y Brasil.
El desafío es que la sociedad civil, las empresas y los gobiernos de América latina puedan trabajar juntos para que esta nueva economía se desarrolle, a través de productos como café, banana, artesanías, chocolates y juguetes, entre otros.
Otra economía está siendo posible. Sólo falta que todos nos sumemos a ella.