En esta columna de Eugenio Tironi publicada por Blogs El Mercurio, el sociólogo se refiere a los cambios que ha tenido la empresa chilena desde la década de los 90 hasta hoy con el fin de adaptarse a los nuevos tiempos.
Después de verla en primera fila los días siguientes al terremoto, o a cara descubierta reuniendo recursos para los damnificados, o gestionando el diseño de planes de reconstrucción, es evidente que la empresa chilena de hoy tiene poco que ver con la que prevalecía en los años 90, cuando recomenzó la democracia.
En esos tiempos la empresa veía lo que despuntaba como algo que desembocaría, ineluctablemente, en lo que fue la UP: un Estado interventor que no la dejaría “trabajar tranquila”. Resistía cualquier cambio y se identificaba incondicionalmente con la derecha, para mantener los dispositivos antidemocráticos dejados por el autoritarismo. Repetía una y otra vez los mandamientos de Milton Friedman; entre éstos, que “la única responsabilidad social de las empresas es pagar sus impuestos” (los menos posibles, desde luego), y que todo lo demás es función del Estado o de la filantropía individual. Su ideal era un mundo donde no hubiese regulaciones que “limitaran” la actividad empresarial, pues ellas estorban el crecimiento, el empleo y la prosperidad. Por lo mismo, miraba las leyes laborales, el sindicalismo y la negociación colectiva como obsolescencias que había que erosionar todo cuanto fuera posible —aunque sin dejar huellas—. Y pensaba que para alinear a los ejecutivos y trabajadores con la empresa, lo único eficaz es fomentar la competencia entre sí mediante recompensas económicas.
Cuando emergió la cuestión ambiental, se la tomó como otra invención del hasta entonces temido “marxismo internacional”, y se descalificó cada una de sus banderas, tildándolas de mitología precientífica. La empresa creía aún que el mundo se dividía entre lo “técnico” (de lo cual ella era su expresión más sublime) y el magma “irracional” de la política, los sindicatos, las comunidades, los ambientalistas. Por eso mismo, confiaba que un “informe técnico” bastaba para desmontar cualquier impugnación de la actividad empresarial, no importa de dónde viniese. Y descansaba ciegamente en la idea de que un fallo favorable de los tribunales era suficiente para desarmar a sus críticos y tener vía libre para sus proyectos.
Pues bien, esa empresa ya no existe sino como caricatura. En Chile ha aprendido a moverse en democracia como si ésta fuese su hábitat natural. Admite que su responsabilidad con el país trasciende lo tributario. Ya no resiste, sino que hace suya la causa ambiental, al punto de transformarla en un factor competitivo. Se entiende con los sindicatos, incluso más allá de las fronteras de la empresa. Sabe que para funcionar necesita de una “licencia social”, pues la mera aprobación legal no la blinda de las impugnaciones. Y ha asumido que no puede ya pontificar desde el altar de la “ciencia” o de la “técnica”, pues éstas están al alcance de sus críticos, y ya nadie admite sus dictados como sagrados, lo que la fuerza a relacionarse horizontalmente con los diferentes grupos de interés.
La empresa chilena se ha adecuado exitosamente a la democracia. Ha redefinido radicalmente sus relaciones con el entorno, y sigue haciéndolo, empujada por presiones políticas, sociales y de mercado, y por convicciones propias. Pero cuando se habla de cuánto “Chile cambió”, las referencias a esta mutación son nulas. Ocurre que la empresa ha sido incapaz de construir una narrativa sobre sí misma fundada en su propia experiencia de adaptación. Hacerlo exige otro giro radical: mirar su trayectoria en democracia como un logro, no como una renuncia. Dar este paso es difícil, pero indispensable para reconciliarse no sólo con el país, sino también con ella misma.
VIA/ BLOG EL MERCURIO