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La Responsabilidad Social Empresarial como un fenómeno en evolución: tres nuevas fronteras

Por Manuel Escudero

Tanto desde el punto de vista teórico como práctico, la Responsabilidad Social de las Empresas (RSE) es un fenómeno en evolución.

En la vida real de la empresa, como saben muy bien los directivos de RSE, no puede ser entendida sino como una práctica que progresa a lo largo de diversas etapas hasta que se coloca en el corazón de la estrategia de su empresa. Del mismo modo, desde el punto de vista más conceptual, la RSE como concepto, sin renunciar a sus elementos esenciales originales (como la noción de la existencia de stakeholders más allá de los puros shareholders), ha ido progresando y abarcando nuevas connotaciones desde su nacimiento, allí por los años 90 del siglo XX hasta nuestros días.

En realidad, tanto en la práctica como en la teoría, la RSE es un movimiento a largo plazo que se refiere al cambio del papel de la empresa en la sociedad. Y, por ello, seguirá avanzando en esa dirección a un plazo más o menos prolongado a lo largo del siglo XXI, enriqueciéndose en su evolución.

Mi opinión es que, a día de hoy, la RSE va adquiriendo tres nuevas dimensiones, o si se prefiere, avanza hacia tres nuevas fronteras de enriquecimiento en su significado.

La RSE, la innovación y la era digital.

La primera es que hoy comienza a no entenderse la RSE si no se conecta con dos otras nuevas realidades: la innovación empresarial y la digitalización de la economía.

Hace algunos años la RSE se refería predominantemente a la gestión de los riesgos no financieros de la empresa: el riesgo de comportarse de manera irresponsable en términos de derechos humanos o de los derechos laborales o de dañar el medio ambiente o de connivencia con la corrupción. Esta perspectiva estaba en lo cierto, y siendo la acepción primera de la RSE debe mantenerse.

Pero con el tiempo, desde hace tres años más o menos, una nueva perspectiva, más pro-activa y positiva, ha surgido: la RSE se refiere también a la creación de nuevo valor, nuevo valor tangible en términos de nuevas operaciones y soluciones que aportan valor a la empresa, y, al mismo tiempo,  producen impactos positivos en la sociedad y el medioambiente.

Lo que se entendía antes como límites a la actividad empresarial responsable ahora se convierten también en ventajas para la creación de valor a través de la promoción activa de los derechos humanos, de la integración laboral, de trabajar a favor de un medio ambiente más limpio, con nuevos productos o servicios, nuevos modelos de negocios, nuevos arreglos en la cadena de valor, buenas para el crecimiento de la empresa y buenas para la sociedad en su conjunto.

Esta nueva perspectiva, llamada por algunos «creación de valor compartido» ha abierto nuevas vías para la evolución del concepto y la práctica de la RSE.

Pero si hablamos de la creación de valor compartido para los negocios y la sociedad, éste no puede lograrse sin la fusión de la sostenibilidad y la innovación. La innovación es hoy el motor más potente de crecimiento. Si las empresas aplican la perspectiva de la sostenibilidad a sus esfuerzos de innovación veremos miríadas de nuevas soluciones para resolver los problemas de la alimentación, el agua, la escasez de energía, los problemas de la brecha digital, o el problema del cambio climático.

Además, la innovación está ocurriendo, ante todo, en el ámbito de las tecnologías digitales, de inteligencia artificial, el “internet de las cosas”, la nanotecnología, Internet móvil, la computación en la nube, las tecnologías 3-D, el almacenamiento de energía o las energías renovables: y todos estos progresos de la digitalización, si se inspiran en la RSE, pueden hacer que la humanidad dé un salto de gigante en términos de bienestar para todos.

De la RSE a la sosteniblidad global

Tampoco puede la RSE estar ajena a otros nuevos fenómenos relacionados con el desarrollo sostenible a escala global. Las condiciones para la sostenibilidad global se están definiendo en este momento, en la forma de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODSs), – un conjunto de objetivos de sostenibilidad, que abarcarán los temas más sensibles ambientales, sociales y de gobierno y lo harán de modo cuantificado como objetivos a ser alcanzados en el 2030, y como objetivos relevantes para todos los países en desarrollo y desarrollados en el mundo.

Estos objetivos, que se lanzarán en 2015, contienen el reto de cómo organizar y garantizar que las empresas responsables en todo el mundo se comprometan efectivamente a sí mismas para alcanzar esas metas en un lapso de tiempo 15 años.

Los ODSs tendrán que tener, para ser viables, al menos cuatro características:

• Definir metas pertinentes para todo el mundo, bien definidas en términos de prioridades y objetivos cuantitativos, que deben lograrse antes de 2030 a través de soluciones sociales, tecnológicas y económicas innovadoras.

• – Deben ser alcanzados a través de una nueva generación de partenariados a una escala nunca vista​​ entre instituciones multilaterales, autoridades públicas, empresas, organizaciones de la sociedad civil, los ciudadanos comprometidos y el mundo académico.

• – Deben incluir mecanismos de participación para todos los agentes dispuestos. Con suerte, los mecanismos de participación, incluyendo la información regular y transparente y el debido reconocimiento de los progresos realizados, se convertirá en una característica organizacional importante del marco de los ODSs en sí, y no sólo para las empresas que participen.

• – Deben implicar planes de acción nacionales que reflejen los objetivos globales, donde los actores locales tendrán que jugar un papel decisivo. Las metas deberán estar “aterrizadas” y definidas en detalle en los planos regional, nacional y local.

Algunos de los aspectos que acabo de mencionar no están aún garantizados, y  el próximo año será un año de trabajo para dar forma a los ODSs y hacer de ellos los objetivos factibles y realizables.

Pero una cosa es segura: cuando los ODSs hayan sido definidos, y si prosperan como objetivos universalmente admitidos, tendrán una repercusión directa en el campo de la RSE. Pues, a partir de entonces, las empresas serán evaluadas como empresas responsables no solamente por el grado de diálogo y acuerdo con sus stakeholders o por el tipo de reporte que realizan, sino por su efectividad a través de sus acciones para lograr, en la parte que les corresponde, los ODSs. Nuevas prácticas desconocidas aún en la RSE, como el “goals-setting” o establecimiento de objetivos relacionados con los ODSs dentro del plan estratégico de RSE de la empresa, pasarán a ser muy importantes.

La RSE y los fenómenos de desigualdad creciente

Por último la RSE no se desarrolla en la copa de un pino sino en medio de una sociedad que, en los albores de la salida de una crisis económico-financiera como nunca habíamos vivido, comienza a perfilarse como una sociedad con grandes desigualdades de renta y riqueza.

Como Thomas Pikkety ha demostrado en su libro «El Capital en el Siglo 21”, esta es una tendencia a la que deberíamos prestar atención.

Otros, como Brjnyolsonn y MCaffee han conectado la creciente desigualdad en términos de riqueza y rentas en nuestras sociedades, precisamente, a la revolución digital: en sus palabras «los avances en la tecnología, especialmente tecnologías digitales, están impulsando una redistribución sin precedentes de la riqueza y los ingresos».

Para decirlo del modo más directo y brutal posible, hoy 80 personas tienen tiene tanta riqueza como los 2 mil millones de personas más pobres combinados en el planeta.

Esta tendencia, que se reproduce en un país tras otro, desde los EEUU hasta España, y desde China o Rusia hasta Brasil, parece perfilarse como  una nueva pauta social.  De ser cierta, estamos siendo testigos de un derrotero social que no hará sostenibles a nuestras sociedades, y que  va en contra de la idea de una humanidad incluyente que yace en el corazón de la RSE. Si esto es así se requieren nuevos esfuerzos teóricos y prácticos para que la RSE y la creciente desigualdad se conecten…La RSE no puede permanecer, en este contexto social, ajena a dicho contexto.

Un apunte final sobre semántica y RSE

Probablemente la prueba empírica más palpable de la naturaleza evolutiva de la RSE se encuentra en la misma evolución semántica de este fenómeno: unos lo llamamos RSE, o RSC o RS simplemente, otros conjugan ya este término con el de sostenibilidad corporativa. Y para otros está surgiendo un horizonte de desarrollo sostenible…

El término de RSE, e incido en la “R” de Responsabilidad, se podría sugerir que surgió como término muy en consonancia con la primera fase de evolución, centrada, como antes señalaba, en la gestión de los riesgos no financieros de la empresa. Con la incorporación al fenómeno de otros contenidos proactivos, de creación de valor, el término se ha ido transformando y ha pasado a llamarse de modo más genérico “sosteniblidad corporativa”. Y en la etapa actual, en la que se comienza a divisar en el horizonte los ODSs, parece también bastante claro que de la “sostenibilidad corporativa” se avanza hacia un concepto más amplio de “sostenibilidad global”.

Pero, la verdad es que cada país y cada región opta por palabras diferentes para designar el mismo fenómeno evolutivo, el tránsito de una empresa egoísta y casi patológica basada en la maximización del valor accionarial de la empresa, a una empresa que sea agente positivo ante los retos sociales y ambientales del mundo actual. Y en ese sentido lo importante no es la palabra que usemos, sino el significado que le demos.

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