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Privatización de ex autoridades: la distancia entre lo legal y lo correcto

Por: Soledad Teixidó Presidenta de Fundación PROhumana

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RSE: algunas advertencias

Por: Alejandro Ferreiro, director Fundación PROhumana

La responsabilidad está de moda. Esa es una oportunidad, pero también una amenaza. Es una oportunidad que desde el lado de los consumidores y ciudadanos se incremente la consciencia sobre la responsabilidad de las empresas y su disposición concreta a premiar y castigar productos y servicios, ya no solo en función de su precio y calidad, sino también en base a la reputación de quien los vende. La responsabilidad social será, ya no sólo una opción, sino casi una exigencia para sobrevivir, si el poder de los consumidores informados así lo decide.
 
Sin embargo, existe también una amenaza. La amenaza de que  la publicidad confunda lo genuino, que las apariencias prevalezcan sobre la realidad, y que el esfuerzo de las empresas se concentre en parecer, más que en ser socialmente responsables. Varios son los riesgos que esto conlleva. Primero, que los consumidores confundidos terminen premiando a quien mejor publicita su supuesta responsabilidad, y no al genuinamente responsable. Segundo, que a consecuencia de lo anterior, la señal para las empresas sea que “parecer” sea más rentable que “ser” socialmente responsable.
 
Finalmente, un riesgo no menor es que la sociedad caiga en el escepticismo y desconfianza respecto de una tendencia en que la publicidad exagera o manipula la realidad. Si esto llegase a ocurrir, buena parte del movimiento hacia la responsabilidad social, el mismo que descansa preferentemente en la conciencia y voluntad de los consumidores, se puede ver resentida en su legitimidad ante ellos.
 
Una segunda amenaza deriva del riesgo de fundar en exceso la conveniencia de ser socialmente responsables en el supuesto premio de mercado que los consumidores informados podrán conceder. La responsabilidad social es necesaria aunque el mercado no la valore en el corto plazo. Es conveniente por sí misma, más allá de la conveniencia comercial de desarrollarla y exhibirla.
 
La responsabilidad social contribuye a la construcción de una sociedad más integrada y que deja atrás definitivamente el supuesto antagonismo entre el éxito empresarial y el bien común. En sociedades en que aún quedan en algunos sectores las cenizas calientes de un conflicto político que dividió a los partidarios de la propiedad estatal y privada de los medios de producción en el nombre de la justicia social, no es para nada irrelevante demostrar cómo la sociedad y la empresa se desarrollan en paralelo y armonía.  Afirmo la anterior para justificar  la RSE más allá del supuesto premio comercial para quien se muestre socialmente responsable.
 
La RSE vale por sí misma.
 
En días recientes la prensa informó que las empresas distribuidoras de bebidas gaseosas azucaradas han decidido no venderlas en los colegios de USA para combatir la creciente pandemia de obesidad infantil que afecta a los escolares norteamericanos. Esa parece ser una muestra de la penetración de la RSE en otra dimensión: ya no basta con hacer filantropía con cargo a las utilidades (y eventualmente aprovechando beneficios tributarios), tampoco basta con tratar bien a los stakeholders (clientes, proveedores, trabajadores y entorno) sino que ahora la responsabilidad social pasa a medirse también en función del bienestar o daño que provoca el consumo del bien o servicio que se provee.

Han hecho bien en Estados Unidos en entender y aplicar esta dimensión más exigente a la RSE para prevenir la obesidad infantil. Dura tarea enfrenta la industria tabacalera para aspirar a ser socialmente responsable en este contexto más exigente.